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El tiempo en que nos creíamos inmortales


"Siempre que encuentro alguien más o menos de mi edad, de gustos teóricos o éticos semejantes a los míos, alguien, en suma, que entiende la vida como yo (es decir, que no la entiende en absoluto), no tengo que bucear mucho tiempo en lo más íntimo y congenial de sus recuerdos para que aparezca, nimbado de gloria, Guillermo Brown."
Así comenzaba Fernando Savater uno de los capítulos de su libro "La infancia recuperada",  publicado en 1975. El libro habla de los libros de su infancia, los libros de un niño en España en la década de 1950. Tengo muy presentes mis propias lecturas a fines de esa década. Tarzán fue una de ellas, en los libros que habían sido editados por Gustavo Gili a partir de 1927.
No puedo olvidar a Emilio Salgari que fue publicado en España por la Editorial Calleja con unas portadas tan fascinantes como los títulos de las novelas, El capitán Tormenta, El León de Damasco, El Corsario Negro, Los cazadores de cabezas, El rey de la pradera, y tantos otros.
Dibujo portada de Rafael de Penagos
"Last but not least" me tengo que referir a "La isla del tesoro" de Stevenson. Una auténtica historia de piratas del Caribe por la que transita su protagonista, el joven Jim Hawkins, aprendiendo a enfrentarse a "Long John Silver" en una relación muy compleja. Un relato redondo: ¡quién da más por 200 páginas!.
Los desiertos, las estepas y las selvas terminaban siendo tan familiares como el inconcebible pueblo inglés de Guillermo Brown. La infancia es el lugar en que se construye la sensibilidad, la forma de ver el mundo; donde se aprenden los símbolos y el lenguaje, y, como dice Savater, la ética. Y además, por supuesto, la geografía: el lago de Maracaibo, el Africa ecuatorial y las islas de la Sonda.