lunes, 26 de diciembre de 2016

Wilhelm II en Jerusalén - 1898

En octubre de 1898 el Kaiser Guillermo II de Alemania realizó una visita de Estado al Imperio Turco. Se entrevistó con el Sultán y después se dirigió, en el yate Hohenzollern, a Jerusalén; desembarcó en Jaffa (Haifa) e inmediatamente viajó a Ramala (a 15 Km de su destino) donde se instaló. El viaje tenía como finalidad establecer lazos diplomáticos con los turcos, y la excusa de inaugurar la Iglesia luterana del Redentor.


Lo que resulta interesante es un reportaje fotográfico que se confeccionó con motivo de la visita  y que dió como resultado fotografías de gran formato (sobre soporte de cristal), cuyos originales se encuentran en la Library of Congress y que nos revelan la puesta en escena de la visita. En concreto, una de ellas, en la que se ve al cortejo imperial el día de la visita a Jerusalén, es una muestra del protocolo que rodeó al evento.



Cuando se ven estas fotografías, inmediatamente viene a la cabeza la escena de Indiana Jones, en la película En busca del arca perdida, en la que el Arca de la Alianza es transportada por los nazis por un paisaje árido y agreste y con la correspondiente parafernalia de lábaros y banderas. Los analistas de Spielberg tuvieron que valorar estas imágenes.



El reportaje fotográfico no tenía, obviamente, una mera finalidad periodística; era un instrumento de propaganda. Como tal fue cuidadosamente orquestado. La iconografía estaba ligada a la visión medievalista en la línea de la invención de la Edad Media que se llevó a cabo a lo largo del siglo XIX. Una Edad Media mítica, wagneriana, que a fines del siglo se había consolidado en los cuadros, entre otros, de Edmund Blair Leighton cuyo cuadro "God speed" ilustra este comentario.



La entrada de Guillermo II en Jerusalen se escenificó como la de un caudillo de los cruzados, corregido a través del filtro romántico. A caballo, con capa blanca, coraza metálica y un casco decorado con un águila, en la línea del dragón que aparece en el cuadro de Leighton. No hubo nada casual, estamos ante una representación teatral en la línea del movimiento "jugendstil" y sus homólogos movimientos modernistas.

Incluso se montó una lujosa tienda de campaña, con decoración barroca, victoriana, muy al gusto de la época.

Y que está emparentada con los salones del castillo de Neuschwanstein, uno de los delirios medievalistas del rey Luis II de Baviera.

En definitiva, cada época es recreada en un estilo concreto, que la define y la identifica. Ese estilo revela no solamente el gusto estético de sus actores sino también su visión del mundo, su "Weltanschauung". La estética, como siempre, está íntimamente unida a la ética.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Harald Sigurdsson, Hardrada

Jorge Luis Borges, en varias ocasiones y de diferente forma, cuenta la siguiente anécdota: 
Para enseñanza de futuras generaciones, el historiador y polígrafo Snorri Sturluson, en su finca de Borgarfjord, escribía la última empresa del famoso rey Harald Sigurdarson, llamado el Implacable (Hardrada), que antes había militado en Bizancio, en Italia y en África. Tostig, hermano del rey sajón de Inglaterra, Harold Hijo de Godwin, codiciaba el poder y había conseguido el apoyo de Harald Sigurdarson. Con un ejército noruego desembarcaron en la costa oriental y rindieron el castillo de Jorvik (York). Al sur de Jorvik los enfrentó el ejército sajón. Declarados los hechos anteriores, el texto de Snorri prosigue:
“Veinte jinetes se allegaron a las filas del invasor; los hombres, y también los caballos, estaban revestidos de hierro. Uno de los jinetes gritó:
—¿Está aquí el conde Tostig?
—No niego estar aquí —dijo el conde.
—Si verdaderamente eres Tostig —dijo el jinete— vengo a decirte que tu hermano te ofrece su perdón y una tercera parte del reino.
—Si acepto —dijo Tostig— ¿qué dará al rey Harald Sigurdarson?
—No se ha olvidado de él —contestó el jinete—. Le dará seis pies de tierra inglesa y, ya que es tan alto, uno más.
—Entonces —dijo Tostig— dile a tu rey que pelearemos hasta morir.
Los jinetes se fueron. Harald Sigurdarson preguntó, pensativo:
—¿Quién era ese caballero que habló tan bien?
Harold Hijo de Godwin.”
Este Harold es el del tapiz de Bayeux y la batalla descrita es la de Stamford Bridge que ocurrió el 25 de septiembre de 1066. 
Un mes más tarde, el 14 de octubre de 1066, Harold era derrotado y muerto por Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, en la batalla de Hastings.
Muerte de Harold - Harold Rex interfectus est
El extraño sentido del humor revelado en la anécdota impregna las sagas escandinavas. El propio Borges, en Literaturas Germánicas Medievales, cuenta esta otra anécdota:
"Así, uno de los capítulos iniciales de la Saga de Njal reflere que Hallgerd la Hermosa obró una vez de un modo mezquino y que su señor, Gunnar de Hlítharendi, el más valiente y pacífico de los hombres, le dio una bofetada. Años después, los enemigos sitian su casa. Las puertas están  cerradas; la casa, silenciosa. Uno de los agresores trepa hasta el borde de una ventana y Gunnar lo hiere de un lanzazo.

-¿Está Gunnar en casa? -preguntan los compañeros.

-El, no sé; pero está su lanza -dice el herido, muere con esa broma en los labios."



Curiosamente el mismo tipo de chiste aparece en una película de Werner Herzog, Aguirre, la cólera de Dios (1972). Obviamente la ocurrencia no puede pertenecer a la mentalidad iracunda de Lope de Aguirre.


  

domingo, 18 de diciembre de 2016

Roland Barhes vs Umberto Eco

Peter Watson en Historia intelectual del siglo XX (Crítica 2002) dice, al final de un capítulo dedicado a la Francia de finales de la década de 1950, que aquel momento era"... la última ocasión en que pudo decirse que la cultura elevada dominaba una civilización de relieve."
Laurent Binet, premio Goncourt, ha publicado recientemente La séptima función del lenguaje. Se trata de un libro extraño, analiza la muerte de Roland Barthes como si se hubiera tratado de un asesinato y como si la causa del crimen hubiera sido el intento de control de un conjuro para dominar a las masas.


En el diccionario de la RAE la segunda acepción de conjuro es "Fórmula mágica que se dice, recita o escribe para conseguir algo que se desea." Es precisamente este artefacto lingüístico el que, según el libro, intentan conseguir todos los actores de la obra: políticos, Mitterrand y Giscard d'Estaing; filósofos, Deleuze, Foucault, el siquiatra Lacan y otros muchos. Impregna la novela una cierta nostalgia de que la civilización pudiera estar dominada por la cultura elevada; es decir, de lo que había sido la cultura francesa después de la guerra y hasta 1960. Esa nostalgia se expresa, sobre todo, en el hecho de que la intriga se basa en juguetes intelectuales.
Roland Barthes
Cada época tiene un estilo identificable tanto en sus aspectos externos, estéticos y formales, como en el modo en que se utiliza el lenguaje y, en concreto, en los géneros literarios que se frecuentan. Aparte del ensayo, la época que comento tuvo como uno de los vehículos principales el teatro, lo mismo que la Ilustración tuvo la novela filosófica, y a principios del siglo XX la novela introspectiva (Joyce y Proust). Las descripciones en la novela de Binet tienen un aire teatral e incluso de las películas de la "nouvelle vague".
Uno de los protagonistas de la novela es Umberto Eco; semiólogo como Barthes. 
Umberto Eco

Impulsado por Barthes he releído El cementerio de Praga, que es una reflexión sobre el folletín, tipo de novela que tuvo un enorme éxito hacia la mitad del siglo XIX; lo mismo que El péndulo de Foucault es una puesta en escena de los delirios del Retorno de los Brujos (Pauwels y Bergier), La isla del día de antes lo es de la novela del XVIII (recuerda a Defoe y a Swift) y La misteriosa llama de la reina Loana es un ajuste de cuentas con su infancia. 
Eco logró, en cada una de sus novelas, analizar diferentes épocas contándolas a través del estilo lingüïstico imperante en cada una de ellas. Cuando se leen sus novelas se consigue realizar un viaje en el tiempo poniéndose en el pellejo de un contemporáneo; no es solamente lo que se cuenta sino sobre todo cómo se cuenta. 
El estilo es relevante y se convierte en parte de la propia trama. La Séptima función del lenguaje nos pone sobre el tapete uno de los elementos fundamentales de la posmodernidad: intentar enfocar el pasado con la mirada de los contemporáneos de ese momento concreto.