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Hannah Arendt. Eichmann, filisteos y populacho.

“Es preciso dejar que las contradicciones se alcen tal como son; es preciso hacerlas comprensibles como contradicciones y captar qué es lo que ocultan” (El concepto del amor en san Agustín, Introducción”in fine”. Hannah Arendt). 
El texto corresponde a la tesis doctoral de Hannah Arendt (1906-1975) en su versión definitiva de 1929. Arendt tenía 24 años cuando se doctoró en filosofía por la Universidad de Heidelberg, con la tesis dirigida por Karl Jaspers. Esta cita revela un método de trabajo que acompañó a Arendt durante toda su vida y que le proporcionó muchos conflictos y sinsabores. Se impuso no permitir que sus prejuicios (o sus creencias) influyeran en sus obras. Desde luego, utilizó el concepto de “mirada limpia” de Husserl hasta sus últimas consecuencias. 
Cartel film Margarethe von Trotta, 2012. La película se centra en el juicio a Eichmann en Jerusalén en 1961.
El evento en que este método fue aplicado con absoluto rigor fue el asunto de Adolf Eichman. Eichman era el responsable de la logística del envío de judíos a los campos de exterminio nazis. El 11 de mayo de 1960 fue secuestrado, en su refugio argentino, por agentes del Mossad israelí, y trasladado clandestinamente a Israel para ser juzgado. El juicio se abrió el 11/04/1961, se dictó sentencia de muerte el 15/12/1961 y el 31/05/1962 se le ejecutó en la prisión de Ramla. 
En el verano de 1960 Hannah Arendt y su marido Heinrich Blücher veranearon en un hotel de estilo suizo en las montañas Catskills. El asunto Eichman acaparaba todas las conversaciones. Arendt cruzó cartas sobre las cuestiones jurídicas implicadas en el asunto Eichmann con Karl Jaspers. Al final se ofreció a William Shawn, editor del New Yorker, como reportera del juicio que se celebraría en Jerusalén. Shawn aceptó inmediatamente. 
Documento de naturalización como ciudadana de los Estados Unidos de Hannah Arendt. Library of Congress.
Hannah Arendt asistió, de abril a junio de 1961, como reportera del New Yorker, al juicio contra Eichmann en Jerusalén. Elaboró crónicas del juicio y finalmente, en mayo de 1963, publicó el libro "Eichmann en Jerusalén". El libro se convirtió desde el primer momento en el epicentro de una enorme polémica. Arendt analizó todas y cada una de las informaciones que salieron a la luz en el juicio. Resaltó el papel de la colaboración de los Consejos Judíos en la Solución Final; dicha colaboración estaba relacionada con la confección de listas y bienes de los judíos. Indicó que, sin dicha colaboración, hubiera sido muy difícil para la burocracia nazi organizar el exterminio. Apuntó que una llamada a la rebelión hubiera podido suponer la salvación de un notable porcentaje de población judía. 
Además, cuestionó, desde un punto de vista jurídico, la pertinencia de la acusación, en un tribunal israelí, de crímenes contra la Humanidad, pero rebajándolos a crímenes contra el pueblo judío. Todas estas cuestiones provocaron que se le acusara de ser antijudía (!!) y sobre todo de insensibilidad ante el sufrimiento de las víctimas. La polémica sigue vigente y, en el mundo anglosajón, se le conoce como la “Eichmann Controversy”
Hannah Arendt en un curso en Wesleyan University (c. 1961).
Lo que causó mayor impacto en la opinión pública fueron sus afirmaciones de que Eichmann era un ser vulgar. Su “maldad” estaba originada por su irreflexión, no por una supuesta “diabólica profundidad”. En las declaraciones que había efectuado en los interrogatorios previos explicaba “una y otra vez las razones por las que tan solo pudo alcanzar el grado de teniente coronel de las SS, y que ninguna culpa tenía él de no haber sido ascendido a superiores rangos.”
En definitiva, se trataba de un burócrata que se negó a pensar: obligación de todos los seres humanos. De aquí viene el concepto de “banalidad del mal”; tan mal entendido por aquellos que no se han acercado a la gestación del concepto.
Para lograr entender la mentalidad de Adolf Eichmann es necesario acercarse a otra obra de Hannah Arendt, “Los orígenes del totalitarismo” publicado en 1951. Se trata de una obra monumental que propone la tesis de que, desde el siglo XIX, el auge del antisemitismo y el imperialismo, al debilitar al estado-nación, permitieron el crecimiento del totalitarismo. 
El método que se utilizó es el terror: 
“El totalitarismo nunca se contenta con dominar por medios externos, es decir, a través del Estado y de una maquinaria de violencia; gracias a su ideología peculiar y al papel asignado a ésta en ese aparato de coacción, el totalitarismo ha descubierto unos medios de dominar y de aterrorizar a los seres humanos desde dentro.”
El mecanismo para conseguirlo no está relacionado solamente con el poder. Se trata de que el “el líder totalitario no es nada más ni nada menos que el funcionario de las masas a las que conduce”. Hay una relación directa entre el líder y cada uno de los individuos que componen la masa. Hitler lo expresó en 1938: «Todo lo que sois me lo debéis a mí; todo lo que soy sólo a vosotros lo debo». El líder se convierte en una especie de “medium” o gestor del “zeitgeist” (espíritu de su época) de la nación.
Hannah Arendt en Chicago University. 1966.
En definitiva, “La voluntad del Führer puede ser encarnada en todas partes y en todo momento….sin intervención de los sucesivos niveles de una jerarquía operante”
Para hacer inteligible esta relación directa entre el líder y la masa Arendt examina el concepto de “populacho”. Es un concepto difícil. Hay un largo párrafo en “Los orígenes…” que puede servir de guía:
“Todos los grandes historiadores del siglo XIX observaron y advirtieron ansiosamente la elevación del populacho a partir de la organización capitalista y su desarrollo. El pesimismo histórico desde Burckhardt a Spengler procede esencialmente de esta consideración. Pero lo que los historiadores, tristemente preocupados con el fenómeno en sí mismo, no lograron advertir fue que el populacho no podía ser identificado con la creciente clase trabajadora industrial, y desde luego, no con el pueblo en conjunto, sino que estaba compuesto realmente de los desechos de todas las clases.”
El populacho sería, pues, un conjunto de personas sin pertenencia a un grupo o clase social. Se podría inferir que se trata de individuos sin lealtades compartidas. Pero ello no quiere decir que no tuvieran vocación para ubicarse en algún lugar de la estructura política. 
Arendt continúa: 
“Esta composición hizo parecer que el populacho y sus representantes habían abolido las diferencias de clase, que quienes se hallaban al margen de la nación dividida en clases eran el mismo pueblo (la Volksgemeinschaft, como los nazis la llamarían) más que su tergiversación y caricatura.”
A continuación habla de cómo este nuevo conjunto influye en la estructura general: 
“Los pesimistas históricos comprendieron la irresponsabilidad esencial de este nuevo estrato social, y previeron también correctamente la posibilidad de que la democracia se convirtiera en un despotismo cuyos tiranos procederían del populacho y se inclinarían ante éste en busca de apoyo. Lo que no lograron comprender fue que el populacho no solamente es el desecho, sino también el subproducto de la sociedad burguesa, directamente originado por ésta y por ello nunca completamente separable de ella.”
Como conclusión presenta los efectos de la existencia del populacho y cómo éste termina ocupando un lugar real en el ámbito político:
“No consiguieron (los pesimistas históricos) por esta razón advertir la admiración constantemente creciente de la alta sociedad hacia el hampa, admiración que se extiende como un rojo trazo a lo largo del siglo XIX, en su continua y paulatina retirada de todas las cuestiones de moralidad y en su creciente gusto por el anárquico cinismo de su prole. Al concluir el siglo, el affaire Dreyfus mostró que en Francia el hampa y la alta sociedad estaban tan estrechamente unidas que era definitivamente difícil situar a cualquiera de los «héroes» de los antidreyfusards en una u otra categoría.”
Encontramos en el populacho descrito por Arendt las características que van a impregnar el futuro nazismo: El populacho es el pueblo auténtico, es un subproducto de la mentalidad burguesa. La ausencia de moral provoca que los derechos individuales desaparezcan, el individuo no cuenta, está supeditado al “volk”
Lo que terminó ocurriendo es obvio.
“la nación había conquistado al Estado; el interés nacional tenía prioridad sobre la ley mucho tiempo antes de que Hitler pudiera declarar «justo es lo que resulta bueno para el pueblo alemán». Una vez más, el lenguaje del populacho era solamente el lenguaje de la opinión pública, desprovisto de hipocresía y de cortapisas.”
La actriz Barbara Sukowa en el papel de Hannah Arendt. Sala de prensa durante el juicio a Eichmann en Jerusalén, 1961. Film de Margarethe von Trotta, 2012. 
Hay otro concepto descrito en “Los orígenes del totalitarismo” que nos resulta necesario comprender, el “filisteísmo”.
El filósofo español Antoni Domènech explicaba que «Filisteo, -dice-, es quien se resiste a valorar las cosas por sí mismas, concibiéndolas siempre como instrumentos para lograr otros fines»
En el contexto del siglo XIX descrito por Arendt el filisteo sería el burgués que abandona el interés general, que literalmente abandona sus intereses de clase.
“El retiro del filisteo a la vida privada, su devoción sincera a las cuestiones de la familia y de su vida profesional, fueron el último y ya degenerado producto de la creencia de la burguesía en la primacía del interés particular. El filisteo es el burgués aislado de su propia clase, el individuo atomizado que es resultado de la ruptura de la misma clase burguesa.”
Uniendo ambos conceptos, el de populacho y el de filisteo, Arendt define las características de los criminales como Adolf Eichmann:
“El hombre-masa al que Himmler organizó para los mayores crímenes en masa jamás cometidos en la Historia, presentaba las características del filisteo más que las del hombre del populacho y era el burgués que, entre las ruinas de su mundo, sólo se preocupaba de su seguridad personal y que, a la más ligera provocación, estaba dispuesto a sacrificarla todo, su fe, su honor y su dignidad.”
Portada de La Vanguardia, 11/04/1961. Hemeroteca de La Vanguardia.
Por supuesto, en el mundo nazi había sociópatas, chiflados y fanáticos, pero los más aterradores resultan ser las “personas normales” que han sufrido una “inversión” de la moralidad. La fuente de la que surge la ley,en la moral kantiana, era la razón práctica, que proporciona una norma universal de conducta. En el mundo de Eichmann este principio había sido sustituido por “la voluntad del Führer”
Hannah Arendt a final del  Capítulo 8. “Los deberes de un ciudadano cumplidor de la ley”, apostilla: 
“El mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que generalmente se le distingue, es decir, la característica de constituir una tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir que sus semejantes fueran enviados al exterminio (que los judíos eran enviados a la muerte lo sabían, aunque quizá muchos ignoraran los detalles más horrendos), de no convertirse en cómplices de estos crímenes al beneficiarse con ellos. Pero, bien lo sabe el Señor, los nazis habían aprendido a resistir la tentación.” 

Bibliografía

Hannah Arendt. El concepto de amor en san Agustín. Ediciones Encuentro, 2001. ISBN 978-8474906326.

Hannah Arendt. Los orígenes del totalitarismo. Alianza Editorial, 2006. ISBN 978-8420647715.

Elisabeth Young-Bruehl. Hannah Arendt: Una biografía. Planeta, 2020. ISBN 978-8449336782.

Hannah Arendt. Eichman en Jerusalén. Debolsillo, 2006. ISBN 978-8483460665.

Christopher R. Browning. Ordinary Men. Harper Perennial, 1998. ISBN 978-0060995065.

Richard Overy. Dictadores: La Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin. Tusquets Editores, 2006. ISBN 978-8483103593.

Discurso de Pablo Scotto Benito, 19 de Noviembre de 2018, Madrid.  


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