sábado, 16 de marzo de 2019

Tiempos difíciles

Hay dos libros que me han ayudado a comprender lo que estaba ocurriendo en la convulsa España del primer tercio del siglo XX. Uno es una autobiografía y otro una crónica periodística novelada. El primero es de Arturo Barea y el segundo de Manuel Chaves Nogales. 
Niños barrenderos - Madrid - 31/05/1906 (boda Alfonso XIII-Victoria Eugenia)
Arturo Barea Ogazón (1897-1957) escribió entre 1941 y 1944 “La forja de un rebelde“. Nació en Badajoz, huérfano de padre se trasladó con su madre y sus hermanos a Madrid. Su madre trabajó de lavandera en el río Manzanares y él estudió con los Escolapios gracias al mecenazgo de su tío. En el libro relata la miseria en los barrios populares madrileños a principios de siglo. Sus descripciones son, por su crudeza, tremendamente emotivas. En los años 1920 participa en la guerra de Marruecos y describe la terrible corrupción reinante en el ejército. Durante la Guerra Civil se convirtió en locutor de radio desde el edificio de la Telefónica en la Gran Vía madrileña. 

Alrededores de Melilla - c. 1917
Después (1938) se exilia en Inglaterra donde permanecerá hasta su muerte. En Inglaterra se encargó de un programa de la BBC para Sudamérica. Según su prologuista, Luis Antonio de Villena, la novela, inicialmente traducida al inglés por Ilse Kulczar (su segunda esposa), triunfó en Inglaterra y Estados Unidos e incluso se pensó en él para el premio Nobel.
Puerta del Sol - Madrid - 31/05/1906
La novela, larga (1.200 páginas), se lee sin descanso y confieso que me quedé sobrecogido por su intensidad. Al leerla se comprende la ferocidad de los enfrentamientos políticos y sociales que culminaron en la Guerra Civil española. 
A lado del Museo del Prado. Al fondo Iglesia de San Jerónimo el Real engalanada para la Boda Real - 31/05/1906
Manuel Chaves Nogales (Sevilla 1897- Londres 1944), periodista, escribió en 1935 su mejor obra, “Juan Belmonte, matador de toros”. Leyéndola con perspectiva recuerda al “nuevo periodismo” norteamericano. Se trata de una biografía novelada que escribió por entregas para la revista Estampa. Como dice el prologuista de la edición de Libros del Asteroide, Felipe Benítez Reyes, es un “folletín-reportaje”. Se basó en las anécdotas que Belmonte le fue contando en una secuencia de entrevistas. Gracias a ello monta un retrato del mundo de la Sevilla de principios del siglo XX. 
Juan Belmonte
Belmonte (1892-1962), “El Pasmo de Triana” era un tipo complejo, un torero famoso, y en su época eso implicaba jerarquía mitológica, era un hombre ilustrado, capaz (como dice Benítez Reyes) de elogiar a Guy de Maupassant. La lectura de su peripecia, contada por Chaves Nogales, es vibrante y muy emocionante. En su adolescencia, toreaba de forma clandestina, en el campo, desnudo (para no manchar la ropa), a la luz de la luna y de unos focos de acetileno robados.
Plaza de la Cebada - Madrid - 31/05/1906
Chaves Nogales, un demócrata no sectario, se exilió en 1937 a París. Cuando entraron los nazis, en 1940, se fue a Londres, donde murió en 1944 de un cáncer de estómago. Escribió, en 1937, un libro sobre la Guerra civil, “A sangre y fuego“ en el que decía: “…yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.”
Revista Estampa - 1935
Curiosamente he podido encontrar el mismo ambiente retratado por Barea y Chaves Nogales en un libro de ciencia ficción, “steampunk”, “Danza de tinieblas”, de Eduardo Vaquerizo. Esta novela es una ucronía en la que el Imperio Español se ha convertido en un imperio mundial y en 1927 se enfrenta, en una guerra interminable, al Imperio Turco en los campos de batalla de Flandes. El protagonista es un funcionario policial que investiga un crimen con ramificaciones en el poder político. La descripción de las miserias en los bajos fondos de Madrid coincide con el aura, entre decrépita y esperpéntica, de la España negra de los cuadros de Gutiérrez Solana.
Corrida de toros en Sepúlveda - José Gutiérrez Solana
Borges, en Otras Inquisiciones, hablando de Juan Crisóstomo Lafinur, escribió (el 23/12/1946): “Murió en el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.”

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